Hay veces en las que la vida, el destino, el azar o el nombre que quiera ponérsele a esa fuerza que todo lo acciona, desde el silencio pero también desde lo que llamaríamos la gran colisión, entreteje en una misma red encuentros necesarios, que quedan latiendo en una más allá del latido.
Lucas llegó desde el vacío de las puertas que a veces -sólo a veces- están abiertas. Lo único que hacíamos era anudarnos en silencio y en miradas. Cuando comenzamos a hablar, las letras salieron a borbotones.
La noche en que recorrimos juntos Edimburgo, una noche específicamente diseñada para que la palabra perfección no fuera suficiente, sentí algo desde él y en mí. Una fuerza, una gran colisión. La única tarea que nos asignamos fue perdernos entre castillos, estatuas y calles antiquísimas y locas, hasta ya no poder más. Solos, con frío pero con ganas, esbozando nuestras vidas y nuestras creencias, desnudando al otro aún cuando las ropas nos inundaran.
Llegamos a Calton Hill entre sombras y cansancio. El parque tiene una vista extraordinaria de la tierra y del cielo. Está ahí abajo la ciudad e incluso el Mar del Norte se puede llegar a divisar sin demasiadas dificultades. Y las estrellas, porque esa noche era inmensa y las estrellas se formaban con intensidad. No podría describir con suficiencia toda la situación. Lucas y yo, uno en frente del otro, en ocasiones de la mano o abrazados aún éramos prácticamente dos extraños. Pero, por alguna razón, ninguno de los dos sintió rareza en eso y mientras jugábamos a inspeccionar todo, más parecía que eso que ocurría era lo necesario, lo indicado, cómo decirlo: lo que era, sin discusión en ningún idioma. Edimburgo era nuestra conquista y nosotros éramos más dueños de nosotros que nunca.
Si ahora trato de recordar qué fue lo que pasó después, lo único que vislumbro con fuerza es a él diciendo que mi nariz estaba muy colorada, los dos bailando en la calle y la llegaba a nuestro hotel, en silencio y con cierta mezcla de querer extender ese momento para siempre, aun cuando un edificio novísimo nos anunciaba que el fin de esa noche había llegado.
Después, cuando yo ya intuía que los giros iban a separarnos y que nada más se podía esperar después de los días en Edimburgo, llegó una despedida tristísima en Cambridge, donde caminamos una ruta por aproximadamente media hora, entre llovizna, oscuridad, pausas y abrazos. Odio las despedidas y la suya, verlo y verme partir así, me resultaba injusta, insoportable.
En la puerta de mi casa los dos lloramos. Él dejaba mucho en mí y yo no podía devolvérselo, esa esencia que iba más allá del perfume o del recuerdo. Quizás haya sido la noche más triste de mi vida, pero el futuro nos imploraba continuar y nos jugaba una treta algo rara, pero eso lo supe después.