Una ciudad nunca nombrada, nunca dicha de ninguna forma, nunca leída, nunca escuchada. Una ciudad que aparece de la nada, como suelen aparecer las ciudades, esas de las que nadie conoce pero se erigen en un momento y se rellenan con nuestra vida y recuerdo.
Una ciudad pequeña, al norte, donde bajamos a pasear por unas horas. Horas que ahora cobran dimensiones de letras y palabras y sonidos y silencios que hubieron de estar así, sin un lugar donde llegar y sin una posibilidad de irse. Durham.
Pequeña, antigua y algo rústica a la vez, con puentes que atraviesan ríos y barro en las orillas. Primero fue la Catedral. Nos perdimos, como siempre nos perdimos. Los dos solos otra vez, observándolo todo.
Durham. Luego fue la búsqueda infaltable de pérdida. Bajar por los pasillos que daban la espalda a la Catedral. Él tomó mi bolso por alguna razón que ya no recuerdo. Bajamos al río, cruzamos el puente y nos antes de llegar al final nos detuvimos. Fue en el medio: miramos el agua y la luz era de esas que una ya no quiere olvidarse. Una luz de invierno y sol y hojas y aves.
Cruzamos y llegamos a las orillas. Y ahí sucedió: quise abrazarlo con todos mis abrazos posibles, con todas las fuerzas y los sentidos. Lucas saludó a una viejita dulce que caminaba por allí, la saludó con una espontaneidad y calidez que yo desconocía un poco de él pero que me inundaba como el río y las gaviotas.
Caminamos en silencio, mirando el juego de las aves. Un juego que tratamos de descifrar y que consistía en que ellas esperaban a los remolinos del río, los esperaban con decisión hasta el último momento. En ese pequeño abismo, cuando ya estaban por caer, en el vértigo del peligro, volaban y se volvían a colocar en el río, de manera que una y otra y otra vez estaban en la situación y parecía que les gustaba.
Nos reímos: nunca vimos aves latinoamericanas que hagan eso. Yo sé que las palomas argentinas aman hacerse cercanas a la gente, casi atropellarlas y las gaviotas brasileras también tendrán lo suyo, pero nunca un juego como el que presenciamos.
Después oímos la música y él, con un destino inevitable de amante de, no logró contenerse. Saqué la cámara y grabé un video. A veces lo veo y detecto y me emociona su cara de felicidad, sus ojos de felicidad, la música alegre, el sol cayendo y la voz inquieta del hombre. La gente paseaba –era un domingo a la tarde en la ciudad inglesa- y compraba cosas en el mercado. Nosotros, perdidos, encontrados y encontrando una ciudad sin nombre que se iluminaba así de a poco y nos daba su voz, sus sonidos y colores, a nosotros, tan viajeros de nosotros mismos.